El paquete debía cruzar el Pacífico para regresar a casa. Dentro viajaban dos piezas de uno de los aviones más protegidos del arsenal estadounidense: la cúpula que cubre la cabina de un F-35 y una puerta de su compartimento de armas. Habían salido de Australia rumbo a Estados Unidos para ser examinadas y, después, reparadas o desechadas.
Pero el cargamento terminó en Hong Kong. Meses más tarde, Washington sigue intentando recuperarlo. Según fuentes conocedoras del incidente citadas por Bloomberg, el Gobierno chino se hizo con las piezas y aún las conserva.
La historia contiene una ironía difícil de disimular en Washington. Donald Trump recibió el miércoles a Xi Jinping al pie de su avión en la base de Andrews. Ambos se reúnen en la Casa Blanca mientras el Pentágono investiga si tecnología de su aviación ha quedado al alcance de su principal competidor. La senadora demócrata Elissa Slotkin señaló la contradicción ante Bloomberg, aunque aclaró que no había recibido información clasificada sobre el caso.
El recorrido empieza a finales de mayo. UPS, empresa estadounidense de mensajería, transportaba los componentes de un F-35 que había estado operativo en Australia. El envío pasó por Corea del Sur y, desde allí, fue encaminado a Hong Kong. Nadie ha explicado la escala ni el cambio de destino.
Politico reveló primero el incidente y las pesquisas del Congreso; Bloomberg identificó después a la empresa de transporte y aseguró, basándose en sus fuentes, que las autoridades chinas tienen las piezas.
El Pentágono admite un problema con un envío de componentes "inservibles" y dice que trabaja para recuperarlos e investigar lo ocurrido. Pero una pieza retirada del servicio todavía revela cómo se fabrica un avión. Dos fuentes dijeron que la cúpula y la puerta llevaban material que absorbe ondas de radar.
La Fuerza Aérea estadounidense ha explicado que la cúpula incorpora una fina capa transparente de ese material: el piloto puede mirar hacia fuera sin ofrecer al radar una superficie tan visible. La puerta pertenece al compartimento que oculta las armas dentro del fuselaje. También su forma y su acabado ayudan a conservar la discreción del aparato.
Tener las piezas permitiría estudiar su composición y contrastar hipótesis sobre el diseño furtivo; también podría ayudar a mejorar sensores o futuros cazas. JJ Gertler, antiguo analista del Servicio de Investigación del Congreso, explicó que una pieza real permite verificar lo averiguado por otros medios.
Richard Marles, ministro australiano de Defensa, declaró el martes que, según su información, no eran componentes sensibles. Australia revisa lo ocurrido en su territorio. En el Congreso estadounidense, comités de ambas cámaras piden explicaciones. La pregunta inmediata es dónde estuvieron las piezas estos meses; la más incómoda, quién pudo acceder a ellas.
El caso deja al descubierto otra debilidad: el control de los repuestos de un programa repartido por medio mundo. Australia sirve de centro de mantenimiento y distribución en el Indo-Pacífico; las piezas circulan entre gobiernos, contratistas y transportistas. En 2023, la Oficina de Responsabilidad Gubernamental de EEUU (GAO) registró que un contratista había contabilizado más de un millón de repuestos perdidos, dañados o destruidos desde 2018, por valor de más de 85 millones de dólares.
Pekín, entretanto, acelera su desarrollo aeronáutico. Ya ha desplegado el J-20, su caza furtivo. En 2025, la Armada china anunció que el J-35, concebido para portaaviones, había despegado mediante catapulta electromagnética y aterrizado en el portaaviones Fujian. Son programas distintos del F-35, pero miden el alcance de la rivalidad: cada detalle protegido por Washington interesa a un competidor que aspira a construir los aviones de combate más potentes del mundo.